Queridos amigos del Carmelo Ecuménico e Interreligioso, CEI. La oración de esta tarde de jueves, nos lleva a permanecer, a quedarnos con quien sabemos nos ama.
Permanecer en amor es vivir en el centro de lo divino, donde la dualidad desaparece y sólo queda el Uno, que es Amor. Es un estado de ser, de abandono en la presencia de Dios.
Es la invitación que nos hace Jesús en el Evangelio de Juan 15,9 a permanecer en Él, a vivir en Él: “Como el Padre me ha amado, así también os he amado yo; permaneced en mi amor”. Este permanecer expresa también la relación con los demás a través del amor y la compasión.
S. Juan de la Cruz describe la experiencia de permanecer en Dios, como una comunión íntima entre el alma y el Amado. Es vivir en el Amor, que todo lo transforma. La clave está en el desapego de las cosas materiales y en la purificación del alma.
En (Cántico B 8,3) dice: “Es de saber que el alma más vive donde ama, que en el cuerpo donde anima». Es el amor el que nos permite vivir en Dios, unirnos a Él y ser uno con Él.
Para Rumi, místico sufí, permanecer en el Amado supone el abandono total de uno mismo y dice así: “No estoy separado de Él; Él no está separado de mí; Estoy en Él y Él está en mí”.
Para el Budismo, aunque no habla de un Dios personal, permanecer en el amor, se relaciona con la compasión y la bondad amorosa hacia todos los seres.
El Hinduismo, en la Bhagavad Gita, Krishna dice: “Aquél que me ve en todas partes y ve todo en mí, nunca esa lejos de mí, y yo nunca estoy lejos de él”. La devoción y la meditación continua son los caminos para permanecer en la presencia divina.
Todas las tradiciones coinciden en que hay que “nublar” la mente de conceptos, para permanecer en la presencia divina a través del amor, el desapego y la entrega.
Oración on line:
Día 28.11.2024 jueves, a las 5,30h pm. puntualmente. La sala se abrirá a las 5,15 pm.
La duración será aproximadamente de 1,15h.
Unirse a la reunión Zoom
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Textos orantes:
Poema de George Herbert (1593-1633) poeta y sacerdote anglicano. El poema describe un diálogo en el alma y el Amor que es Dios. En él, el alma, consciente de su pecado, se siente incapaz de aceptar el amor divino, pero Dios con una paciencia infinita la acoge y la redime.
A Simone Weil, filósofa y mística francesa, se lo dió a conocer un joven católico inglés, que ella consideró un verdadero mensajero, con el que coincidió en 1.938, en la Abadía de Solesmes, Francia.
En una carta que Simone escribió en Mayo de 1.942 y que se considera una autobiografía dice así, de este poema:
“Lo he aprendido de memoria y a menudo, en el momento culminante de las violentas crisis de dolor de cabeza, me he dedicado a recitarlo poniendo en él toda mi atención y abriendo mi alma a la ternura que encierra.
Creí repetirlo solamente, como se repite un hermoso poema, pero, sin que yo lo supiera, esa recitación tenía la virtud de una oración.
Fue en el curso de una de esas recitaciones, cuando Cristo mismo descendió y me tomó”. Este poema la llevó a experimentar una comunión mística con Dios.
Poema:
El Amor me acogió,
mas mi alma se apartaba, culpable de polvo y de pecado.
Pero el Amor, que todo lo ve,
observando mi entrada vacilante,
se acercó hasta mi, diciéndome con dulzura:
¿Hay algo que eches en falta?
Un invitado, respondí, digno de estar aquí.
Tú serás esa invitada, dijo el Amor.
¿Yo, la malvada, la ingrata?
¡Ah, mi amado! Yo no puedo mirarte.
El Amor tomó mi mano y replicó sonriente:
¿quién ha hecho esos ojos sino yo?
Es cierto, Señor, pero yo los ensucié;
que mi vergüenza vaya donde se merece.
¿Y no sabes, dijo el Amor, quién ha tomado sobre sí la culpa?
-¡Mi amado! Entonces, podré quedarme.
Siéntate, dijo el Amor, y degusta mis manjares.
Así que me senté y comí.
Bhagavad Gita, o “Canto del Señor”. Texto sagrado hinduista, siglos V a II a.C.
Considerado la síntesis de la mística hinduista. Capítulo XVI.
“La ausencia de temor, la pureza de corazón, la constancia en el aprendizaje y la contemplación sagrada; la generosidad, la armonía consigo mismo, la adoración, el estudio de las escrituras, la austeridad, la rectitud; la no violencia, la verdad, la ausencia de ira, el renunciamiento, la serenidad, la aversión a la maledicencia, la compasión hacia todos los seres, el sosiego frente al afán y la codicia, la dulzura, la modestia, la firmeza; la energía, el perdón, la fortaleza de espíritu, la pureza, la buena voluntad, la ausencia de orgullo: estos son los tesoros de la persona que nace para el cielo”.

