en Oración, en el SILENCIO en la sombra contemplativa del desierto Carmelita de Hoz de Anero.

Bienvenida…….. Mayo 2021
Sintámonos bienvenidas a este espacio y tiempo en el silencio compartido, donde se quiere facilitar la experiencia contemplativa.
Un año y varios meses hace de nuestro último encuentro aquí, en este desierto carmelita. Un año donde entre otras muchas situaciones, quizás se hizo más abundante la soledad, el aislamiento, el silencio.
Una idea intuitiva nos ha surgido ante esta experiencia que hemos vivido la mayoría en diferentes grados.
Queremos dedicar los encuentros que quedan de este “curso” a Oran en nuestra Identidad, personal…
Hemos rescatado y buscado textos de distintas mistic@s de nuestra tradición carmelita, sufi y actual que nos permita zambullirnos en ello.
Queremos también ahondar y mantener la sintonía, el ambiente construido en estos años y por ello lo volvemos a recordar:
“Un Espacio y Tiempo en el Silencio compartido, donde dejar que la
conciencia experiencia en;
El Dios Amor, la Naturaleza, el Silencio y la soledad Sonora.
Un Espacio seguro, confidencial, donde cuidar y cuidarnos.
Donde disponer de pequeñas dosis de formación contemplativa.
Habilitar pequeños tiempos, suficientes, de intercambio de palabra que vivimos, sentimos, experimentamos.
Palabras cortas, moderadas, que quepan todas, que se conviertan en sonido no en ruido.
Palabras que co Aquí, en el pensar no está lo importante. Lo importante está en el prójimo.”
Desierto carmelita, espacio de contemplación en el misterio de Dios.
Cantamos un poco
- En el silencio tú me encontraste,
en el silencio yo te encontré.
Nada dijiste, nada te dije,
en el silencio nada se oyó.
Tú me miraste, yo te miré,
en el silencio me abandoné.
Textos; Orar en la Identidad
CAPÍTULO 1 (Extracto) PRIMERAS MORADAS
de S. Teresa de Jesús
1. Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí, porque yo no atinaba a cosa que decir ni cómo comenzar a cumplir esta obediencia, se me ofreció lo que ahora diré, para comenzar con algún fundamento: que es considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas. Que si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice El tiene sus deleites. Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un Rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita? No hallo yo cosa con que comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad; y verdaderamente apenas deben llegar nuestros entendimientos, por agudos que fuesen, a comprenderla, así como no pueden llegar a considerar a Dios, pues El mismo dice que nos crió a su imagen y semejanza. Pues si esto es, como lo es, no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo; porque puesto que hay la diferencia de él a Dios que del Criador a la criatura, pues es criatura, basta decir Su Majestad que es hecha a su imagen para que apenas podamos entender la gran dignidad y hermosura del ánima.
3. Pues consideremos que este castillo tiene -como he dicho – muchas moradas, unas en lo alto, otras en bajo, otras a los lados; y en el centro y mitad de todas éstas tiene la más principal, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma. Es menester que vayáis advertidas a esta comparación. Quizá será Dios servido pueda por ella daros algo a entender de las mercedes que es Dios servido hacer a las almas y las diferencias que hay en ellas, hasta donde yo hubiere entendido que es posible; que todas será imposible entenderlas nadie, según son muchas, cuánto más quien es tan ruin como yo; porque os será gran consuelo, cuando el Señor os las hiciere, saber que es posible; y a quien no, para alabar su gran bondad; (…)
de ver cómo podremos entrar en él. Parece que digo algún disparate; porque si este castillo es el ánima claro está que no hay para qué entrar, pues se es él mismo; como parecería desatino decir a uno que entrase en una pieza estando ya dentro. – Mas habéis de entender que va mucho de estar a estar; que hay muchas almas que se están en la ronda del castillo que es adonde están los que le guardan, y que no se les da nada de entrar dentro ni saben qué hay en aquel tan precioso lugar ni quién está dentro ni aun qué piezas tiene. Ya habréis oído en algunos libros de oración aconsejar al alma que entre dentro de sí; pues esto mismo es.
¡Ah! ¿soy yo? ¿soy Tú? Entonces serán dos dioses.
Lejos, lejos de mi la idea de afirmar “dos”.
En el fondo de mi nada se encuentra siempre tu ser,
y mi todo por encima de todas las cosas,
en una ambigüedad de doble rostro.
¿Dónde está tu esencia, fuera de mí, para que yo la vea?
Mi esencia se esclarece hasta el punto de no estar en parte alguna.
¿Y dónde puedo encontrar tu rostro
objeto de mi doble atracción,
en el nadir de mi corazón,
o en el nadir de mis ojos?
Entre Tú y yo hay un “soy yo” que me atormenta;
¡ah! retira con Tu “soy yo” ese “soy yo”
que entre los dos se yergue.
Al-Hallaj, místico sufí 857-922
Con el ojo de mi corazón vi a mi Señor,
le pregunté: “¿Quién eres?”
Y él me dijo: “Tú”.
Pero no tiene el “dónde” sentido para Ti.
No hay “dónde” cuando de Ti se trata.
Y no hay para la imaginación, imagen que proceda de Ti,
que le permita acercarse adonde Tú estás.
Pero tu abarcas todos los lugares
y lo que está más allá de cualquier lugar;
¿dónde, entonces, estás Tú? Al-Hallaj, místico sufí 857-92
Textos del “El Cristo Interior “ de Javier Melloni
«La verdad os hará libres» (Jn 8,32)
“La verdad que nos libera es saber que no procedemos del capricho de la nada, del azar o de la necesidad, sino de una Fuente indecible de amor, permanente y continua, que Jesús experimentó manando de una profundidad que llamó Abbá. Saber que procedemos de tal Origen nos abre a una confianza y a una libertad siempre por inaugurar. De esta verdad brota libertad porque nos revela que la existencia es puro don dado para dar. Lo que nos impide ser libres es el temor a perdernos. Vivimos aferrados a todo sin saberlo, en estado de shock. Si descubrimos que la existencia es don, no hay nada que podamos perder, porque nunca lo hemos tenido. Sólo somos sus depositarios. Vivir así nos libera. Pero esta verdad, que es libertad, es difícil de alcanzar y está pendiente de ser desplegada en sus múltiples ámbitos y matices: (…).
La capacidad liberadora de la verdad consiste en conectarnos con la Presencia que da consistencia a cada momento, posibilitando que alcancemos el núcleo de cada situación, persona y cosa sin aferrarnos a ellas. Cuando estamos arraigados en lo real, podemos fluir y cocrear. En cambio, la inautenticidad hace que vivamos en un mundo falso en el que nos replegamos para defendernos por temor a la pérdida.
—¿Qué es la verdad?—, preguntó el gobernador romano ante el Hombre que con su llamada a la libertad amenazaba cualquier forma de poder y que por eso había sido encadenado. Pilatos tenía la Verdad ante sus ojos pero no pudo reconocerla porque no estaba dispuesto a correr el riesgo de ser libre. Ser libres es una ardua tarea. «Tenemos miedo de ser libres y cuando somos libres damos miedo», dijo hace algunos años Jacques Gaillot, un obispo francés que fue depuesto porque molestaba con sus posicionamientos. La libertad de Jesús procede de vivir en la evidencia de que cada instante de existencia brota del darse libre y gratuito de Dios. No hay nada que perder y tampoco nada que ganar, porque la vida es pura gratuidad. De aquí nace una libertad soberana que no procede de la arbitrariedad, sino de la gratitud. En palabras de Hadewijch de Amberes, mujer libre del siglo XIII: «El alma es un camino por el que se abre paso la libertad de Dios desde lo más profundo de sí mismo; y Dios es el camino por el que se abre paso la libertad del alma hacia el fondo inalcanzable de Dios, que, sin embargo, alcanza el alma en lo más profundo de sí». La libertad nos adentra en el ámbito de Dios y abre espacios indecibles de comprensión y de actuación.
«El Padre y yo somos uno» (Jn 10,30)
“No hay otra razón de existir que estar llamados a participar de la experiencia y la existencia no-dual de Jesús con el Absoluto. Le oímos decir repetidamente: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,30); «El Padre está en mí y yo en el Padre» (Jn 10,38); «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí» (Jn 14,11). En el yo de Jesús estamos todos. Así lo dice explícitamente y por tres veces: «Que todos sean uno, como Tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos en nosotros sean uno» (Jn 17,21.22.23). Este ser uno no se refiere únicamente a estar unidos entre nosotros, formando su Cuerpo, sino a ser uno con Dios como él es uno con la Fuente.
A través de Jesús los cristianos reconocemos que lo divino se ha manifestado en lo humano para que lo verdaderamente humano se reconozca divino. Como en Dios no hay tiempo, el que una vez se haya introducido en lo humano significa que está en lo humano desde siempre, aunque en nosotros se manifiesta en forma de proceso. A través de Jesús estamos llamados a participar plenamente de esta unión. Jesús es el ser humano plenamente desalojado en el que todo su espacio es de Dios y para Dios porque todo él se sabe proveniente de Dios. Jesús es lo que acontece cuando alguien se abre plenamente a la acción de Dios. Estamos llamados a participar de la esencia de Cristo Jesús por el mismo don que él participa de la nuestra. Tal es el sentido de lo que llamamos la encarnación de Dios, que es inseparable de la divinización de lo humano. Jesús es la revelación de lo que somos todos. Nos cuesta aceptar que estamos llamad@s a participar de la misma experiencia y la misma naturaleza de Jesús.

