Carta del P. General de los Carmelitas, P.Miguel Márquez, en la festividad de San Juan de la Cruz.

PREPÓSITO GENERAL DE LOS CARMELITAS DESCALZOS Corso d’Italia, 38
00198 Roma – Italia

¿A QUÉ TAÑEN?

CARTA A TODA LA ORDEN EN LA FIESTA DE SAN JUAN DE LA CRUZ

14 de diciembre de 2022

A Juan de la Cruz le avisaron un minuto antes. Ya el Amor le tenía despierto y preparado para la Vida. Ya el Amor le había ido despertando en cada paso del camino. Toda la vida de Juan de la Cruz fue morir y dejarse despertar. Se dejó perder (me hice perdidiza… y fui ganada, CB 29) y se dejó matar y atravesar por el Amor desconocido y siempre nuevo de Dios sin perder tiempo, para ser ganado por Él, movida la inteligencia por la única razón que salva: la Verdad de Dios, la Llama Viva de Su Amor. Juan de la Cruz estaba ya muerto a sí mismo, a su propio yo y a su proyecto, allanado el camino al Amado. Dispuesto para atravesar de nuevo, una vez más, la definitiva frontera, y por último, la Noche que lleva a la Vida, a la Luz.

Aquella noche Juan de la Cruz tenía fiebre, el cuerpo maltrecho, y la vida consumida; era la Hora, todo él estaba despierto, sin pena, para ser llamado, avisado interiormente. La casa estaba dispuesta, desembarazada, ya Nadie lo miraba y el cerco sosegaba (CB 40), vivía en los ojos deseados que tenía en sus entrañas dibujados (CB 12). Estaba alerta, moraba en el amor incondicional y libre de los que no le dicen a Dios por dónde sigue el camino. Atrevido explorador del Único sendero que nos salva, aquel que desea y sueña Dios para nosotros en cada paso, en cada tropiezo, en cada fracaso y en cada éxito. Nada importaba tanto a Juan de la Cruz como ese Deseo de Dios.

Tenía 49 años, la edad precisa para que Dios rompiera la tela del dulce encuentro. Le había avisado un minuto antes, ya estaba el Corazón viviendo en el Aviso de Dios. Las Canciones del Amor y del Amado eran, en la debilidad, la dirección que animaban su cuerpo herido y su espíritu rendido, no había ninguna tarea pendiente, estaba despojado y desnudo, no había pesar, ni añoranzas, se había ido regalando en cada paso del camino y todo Él pertenecía al Amado, ligero de equipaje.

La muerte y la vida sobrevienen siempre en el instante inesperado que nosotros no hemos calculado. La campana siempre toca en el segundo preciso llamando a Vida. Siempre tañen a lo mismo: a vivir, a amar, a despertar; siempre imprevisible y oportunamente.

Hace ya mucho tiempo, una noche dormí en Úbeda, y disfruté en la oración con los hermanos, en aquel lugar donde terminó sus días Juan de la Cruz. Algunos años he celebrado la vigilia junto a su sepulcro, en Segovia. He orado con los hermanos y los amigos, en medio del frío, arrimado a la llama viva que arde en el pecho del Santo, tal como está dibujado en su icono, y que recuerda los amores más verdaderos, en las noches más oscuras. Hemos perdido a algún hermano o hermana muy queridos, tal vez algún familiar, yo, a un gran amigo de Juan de la Cruz, José Vicente Rodríguez. En medio de la noche y el frío, al recordar aquella noche del 13 al 14 de diciembre de 1591, resuena con mucha verdad el poema de Martín Descalzo:

Morir solo es morir,
Morir se acaba,
Morir es una hoguera fugitiva,
Es cruzar una puerta a la deriva,
Y encontrar lo que tanto se buscaba…

Mientras esto escribo suena la campana de la iglesia vecina, en este día gris ceniza, ¿A qué tañen para nosotros hoy, ahora? ¿A qué tañen en el Carmelo de Teresa y Juan de la Cruz en todo el mundo y en cada convento y comunidad? ¿En qué nos va la vida y en qué se nos va la vida? ¿Cuál es la urgencia en la noche última del Juan de la Cruz? ¿A qué deberíamos nacer en este ahora de nuestra historia?

Siempre tañe el Santo…
A la Noche, y en ella la Luz,
A la Subida, y en ella a dejarse conducir por la Nada, al Todo,
A la Llama Viva de Amor, y en ella a dejarnos amar y amar las cenizas del presente que

encierran un ascua que quema,
A un Cántico que nace de ausencia y herida, y que aventura la vida en la búsqueda del

Ciervo Herido, de sus Ojos deseados en las entrañas de este presente,
Doy gracias a Dios por nuestras Noches, por las Subidas, por la Llama y por el Cántico

que hay en las entrañas de cada uno de vosotros, en este tiempo de Adviento, que recuerda que va a nacer, a pesar de nosotros, precisamente por nosotros, y en este Carmelo nuestro que es nuestra casa, nuestra herida y nuestra pasión. Con tanto por descubrir y tanto por nacer. Después de visitar algunas partes de la Orden, en África, en Francia, en India y en Italia, me nace la palabra esperanza, la confianza de que, efectivamente, algo quiere brotar.

Estoy recordando aquí a nuestros hermanos que han fallecido más recientemente, a los que pedimos que nos traigan sabiduría y ánimos, y recuerdo también a un gran sanjuanista que murió como un Jesús crucificado, consumido en los huesos después de muy larga enfermedad, Federico Ruiz. Siguen resonando en mí, con mucho agradecimiento por su vida y la de tantos hermanos y hermanas que pasaron, algunas de sus palabras tan densas de sabiduría sobre el Santo y sobre la unión y la pasión por Dios, sobre lo que merece la pena y sobre las urgencias del presente para nosotros:

En Juan de la Cruz la unión de amor no es sólo meta, sino también principio, y además impulso y guía del caminar. Por la unión hay que empezar siempre, seguir y terminar, si queremos respetar su ritmo de vida y entender su línea de pensamiento. La unión con Dios es totalidad de vida y entrega mutua, comunión vehemente. Unión de amor quiere decir: pasión de Dios por el hombre y pasión del hombre por Dios…

Ahí está Juan de la Cruz vivo y en persona. Ha recibido después de muerto grandes honores: de místico, doctor, poeta, santo, escritor, teólogo. Títulos bien merecidos, laboriosamente conquistados. Con todo, yo sigo viendo al fray Juan de la Cruz vivo, sin títulos académicos y sin canonizar, que lleva la genialidad escondida e inconsciente. Vive entre sus hermanos como cristiano y como carmelita contemplativo, haciendo un poco de todo; en ratos perdidos, también escribe. Juan de la Cruz es un hombre sencillo, bueno, valiente, sensible, inteligente, profundamente religioso. (Federico Ruiz, Místico y Maestro)

Somos muy privilegiados de tener a Juan de la Cruz, primer carmelita descalzo con fray Antonio de Jesús, y muy afortunados de estar viviendo este momento único y difícil, fecundo según los modos y maneras de Dios, porque, como a ellos, nuestros santos y nuestros hermanos ya en la otra orilla, también a nosotros se nos invita a escuchar la campana que toca a Vida Nueva, despiertos y atentos a lo importante, en el momento oportuno y sin rendirnos a la tentación del desaliento. Con María, nuestra hermana, compañera en este camino, mujer del SÍ de lo imposible,

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os abrazo. En este camino de reavivar la Llama del Amor Viva, sin reservarnos nada para nosotros, confío en un Carmelo lleno de la frescura de los orígenes, desprendido de sí, obediente y a la escucha, no autosuficiente, no poseído de la verdad, humilde y en camino, despojado de sí y con los bolsillos vacíos de interés, un Carmelo que hace camino con los pobres y se deja aconsejar y animar por ellos y por todos, en Sinodalidad real y práctica, un Carmelo que llegue a aquella experiencia del Santo, en medio de la persecución y la dificultad extrema a decir: “ya solo en amar es mi ejercicio”. No queremos otra cosa, y el tiempo es apremiante. Invito a toda la Orden a emprender el camino de esa experiencia de ser hombres y mujeres de UN AMOR, escuchando en las entrañas de María el latido de Jesús, y acompasando nuestra vida a su ritmo. No es tiempo de atarnos a nuestro capricho o a nuestro plan, sino al plan que se escucha con humildad obedeciendo al Espíritu con valentía y audacia. Escuchémonos por dentro en silencio, escuchemos a nuestros hermanos y hermanas de comunidad, escuchemos a la Iglesia, escuchemos el grito de los pobres y el gemido del mundo que nos dice una palabra urgente y nos llama a recuperar la “escondida fuente” como tarea primera y esencial (Declaración sobre el Carisma, n. 3).

Gracias a cada uno y a cada una de vosotros, mis hermanos y hermanas, por vivir en el corazón de este Adviento, la esperanza de Juan de la Cruz sin rendiros, sin dejar que nadie, ni nada os robe la alegría.

¡MUY FELIZ DÍA DE SAN JUAN DE LA CRUZ!

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P. Miguel Márquez Calle, OCD

Prepósito General

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